Los cuadernos de Vogli

«Pertenezco a esa parte de la humanidad —una minoría a escala planetaria pero creo que una mayoría entre mi público— que pasa gran parte de sus horas de vigilia en un mundo especial, un mundo hecho de líneas horizontales en el que las palabras van una detrás de otra y en el que cada frase y cada punto y aparte ocupan su lugar debido: un mundo que puede ser muy rico, quizá incluso más rico que el no escrito, pero que, en cualquier caso, requiere cierto trato especial para situarse dentro de él».

Italo Calvino

Paul Delvaux, El tren azul, 1946

«Tú, quienquiera que seas, que me tienes ahora en tu mano,
Sin una cosa todo será inútil,
Antes que pretendas más de mi te advierto honradamente,
No soy lo que pensabas sino muy distinto.
¿Quién es el que se haría seguidor mío?
¿Quién se suscribiría candidato a mi afecto?
La senda es sospechosa y el resultado incierto, destructivo tal vez,
Habrías de renunciar a todo, yo sería tu única y exclusiva norma,
Tu noviciado sería largo y agotador,
Toda pasada teoría de tu vida y toda conformidad con las vidas que te rodean tendrían que ser abandonadas,
Déjame pues ahora, no te incomodes más, quita tu mano de mi hombro,
Déjame y sigue tu camino».

Walt Whitman, Hojas de hierba.
Arno Rafael Minkkinen

«Quizás entonces llegar a hacer una novela es en el fondo aceptar mentir, llegar a mentir (mentir puede ser muy difícil); mentir con esa mentira segunda y perversa que consiste en mezclar lo verdadero y lo falso. En definitiva, entonces, la resistencia a la novela, la impotencia para la novela (para su práctica), sería una resistencia moral».

Roland Barthes.
Martin Vlach

«Los pobres tienen mucho más tiempo que los ricos —y también más frío, más hambre, más soledad, más lluvia, más sol, más luna, más viento—...».


Álvaro Cunqueiro
Pensiero@flickr, Reading

«Los autores de cuentos y de novelas, cuando ejercen su oficio, descansan sobre una traicionera red de observaciones e invenciones. O mejor llamémoslo memoria y sugestión. La invención saquea la observación, la sugestión anula la memoria».


Cynthia Ozick, Memoria y metáfora.
Helena Georgiou

«La poesía genera preguntas, la narrativa elabora respuestas. Lo interesante del asunto es que ni la poesía espera que alguien responda, ni la narrativa espera que alguien pregunte. Es esencial comprender que nadie las ha convocado y, sin embargo, ambas son extrañamente necesarias».
«(Cuaderno de apuntes, 1980)».

Alex Chico. Sesenta y cinco momentos en la vida de un escritor de postdatas. 

Dan Circa 

«Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta
con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario
cuando todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y, al entrar,
has sentido la extrañeza de tus pasos
que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,
y encendiste la luz, para volver a comprobar
que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año,
y después,
te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,
y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,
y te has sentido solo,
humanamente solo,
definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.
Has llegado a tu casa,
y ahora querrías saber para qué sirve estar sentado,
para qué sirve estar sentado igual que un náufrago
entre tus pobres cosas cotidianas.
Sí, ahora quisiera yo saber
para qué sirven el gabinete nómada y el hogar que jamás se ha encendido,
y el Belén de Granda
– el Belén que fue niño cuando nosotros todavía nos dormíamos cantando –
y para qué puede servir esta palabra: ahora
esta palabra misma “ahora”,
cuando empieza la nieve,
cuando nace la nieve,
cuando crece la nieve en una vida que quizás está siendo la mía,
en una vida que no tiene memoria perdurable,
que no tiene mañana,
que no conoce apenas si era clavel, si era rosa,
si fue azucenamente hacia la tarde.
Sí, ahora
me gustaría saber para qué sirve este silencio que me rodea,
este silencio que es como un luto de hombres solos,
este silencio que yo tengo,
este silencio
que cuando Dios lo quiere se nos cansa en el cuerpo,
se nos lleva,
se nos duerme a morir,
porque todo es igual y tú lo sabes».
Luis Rosales, La casa encendida.
Mapamundi del Beato de Liébana. 

«La fuerza de un cartógrafo es su capacidad para mirar y elegir lo esencial. Mirar, escoger, representar: esos son los secretos del cartógrafo. Con unos pocos signos el cartógrafo ha de dar a ver un mundo. Cualquier signo vale si habla claro, el mapa debe hablar a primera vista. No lo hacemos para nosotros, sino para alguien que un día lo mirará, quizá dentro de mil años. ¿Qué queremos que él vea? Ahí aparece la cuestión de la escala. Las cosas importantes sólo se ven a pequeña escala. Dos ejércitos a punto de entrar en combate: es fácil representar el número de soldados, su ubicación, su armamento... Pero ¿y las razones de unos y otros para morir?, ¿y el valor y el miedo de un soldado? Es fácil dibujar una calle, pero ¿y un instante de vida en esa calle?...».


Juan Mayorga, El cartógrafo.
gettyimages. yulkapopkova

«Contar historias, contar cuentos. Siempre con la insinuación de que traficas con mentiras. Pero para ella no sería nunca otra cosa que la tarea de llegar a la médula, al meollo, al corazón, al núcleo, al fondo: la empresa de contar la verdad».

Graham Swift, El domingo de las madres.
Norman Lindsay

«Mi tarea consiste en haceros oír, haceros sentir, haceros, ante todo, ver mediante el poder de la palabra escrita. Nada más y nada menos. Si lo logro, os ofreceré algo que satisfará todas las necesidades de vuestro corazón: ánimo, consuelo, miedo, deleite, todo lo que pedís. Y puede que también ese atisbo de verdad que habéis olvidado reclamar».

Joseph Conrad.
Jimmy Lawlor.


«Siempre que en algo tuve un rival o la posibilidad de un rival, me rendí sin dudar. Es una de las pocas cosas de la vida en la que nunca albergué dudas. Nunca me ha permitido el orgullo competir con otros, con la añadidura hedionda de la posibilidad de la derrota. Del mismo modo, nunca he podido jugar a juegos competitivos».
Fernando Pessoa, La educación del Estoico (Único manuscrito del Barón de Teive).
 Andrew Wyeth, Soaring. 1950.

«Más allá de las llanuras de franela y de las gráficas de asfalto y de los horizontes inclinados de óxido, y más allá del río de color marrón tabaco resguardado por los árboles llorones y salpicado por las monedas de luz de sol que traspasan sus copas para alcanzar la corriente, hasta el lugar que hay detrás del cortavientos, donde los campos sin cultivar bullen ruidosamente a fuego lento bajo el calor matinal: sorgo, quelite cenizo, lambedora, zarzaparrilla, juncia real, higuera del infierno, menta silvestre, diente de león, zacate, muscadinia, repollo espinoso, solidago, hiedra terrestre, abutilón, hierba mora, ambrosía, avena silvestre, algarroba, rusco, habichuelas asilvestradas y remetidas en sus vainas, todas como cabezas meciéndose suavemente bajo una brisa matinal que es como la suave mano de una madre en tu mejilla. Una flecha de estorninos disparada desde el techado del cortavientos. El centelleo de un rocío que jamás se mueve y que se pasa el día soltando vapor. Un girasol, cuatro más, uno de ellos encorvado, y una serie de caballos a lo lejos que están igual de rígidos y quietos que si fueran de juguete. Todos meciendo la cabeza. Los ruidos eléctricos de los insectos atareados. La luz del sol del color de la cerveza y un cielo pálido y volutas de cirros tan altos que no proyectan sombra. Insectos atareados todo el tiempo. Cuarzo y pedernal y esquisto y costras de contrita ferrosa en el granito. Una tierra muy antigua. Mira a tu alrededor. El horizonte tiembla, sin forma. Somos todos hermanos».


David Foster Wallace, El rey pálido.
Patty Maher

«Si de verdad os interesa lo que voy a contaros, lo primero que querréis saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás chorradas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso». 


J.D. Salinger, El guardián entre el centeno.
Jim Brandenburg

«Antes de que aparezca la aurora boreal, las agujas de las brújulas de todo el mundo oscilan sin parar; se agitan sobre sus pivotes en los aeropuertos y los barcos; tiemblan en los cajones de las mesas, en los desvanes, en las cajas que hay sobre los estantes».
Annie Dillard, Una temporada en Tinker Creek.

Vincent Bourilhon

«Llamadme Ismael. Hace unos años ―no importa cuánto tiempo exactamente―, con muy poco o ningún dinero en el bolsillo, y sin nada en tierra que me interesara, creí que podría ir a navegar por ahí y ver la parte acuática del mundo. Es un modo de ahuyentar la melancolía y regular la circulación. Cada vez que me sorprendo con una expresión de tristeza en la boca que va en aumento; cada vez que un húmedo noviembre de llovizna anida en mi alma; cada vez que me descubro deteniéndome involuntariamente ante las tiendas de ataúdes, y siguiendo a cualquier funeral con que me encuentro; y especialmente si la hipocondria me domina de tal modo que hace falta un sólido principio moral para no salir a la calle y derribar metódicamente los sombreros de los transeúntes, entonces, comprendo que ha llegado la hora de hacerme a la mar cuanto antes».
Herman Melville, Moby Dick.

Jia-Ma

«YAGO
No me preguntéis. Lo que sabéis, sabéis.
Desde ahora no diré palabra».

William Shakespeare, Otelo v.ii.

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo».

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

Vanioo-d37fspa. Surreal hill of gold

El infinito
«Siempre amé esta colina solitaria,
y esta espesura que me oculta en parte
esa línea final del horizonte.
Mas, mirando a lo lejos, imagino,
más allá de estas frondas,
espacios insondables, sobrehumanos silencios,
y una quietud tan honda
que calma y estremece.
Y al oír, dentro de este silencio infinito,
el susurro del viento entre las plantas,
pienso en la eternidad y en los tiempos que han muerto,
y en el presente vivo, que hoy me deja su música.
Y en esta inmensidad se abisma el pensamiento,
y naufragar en este mar me es dulce».

Giacomo Leopardi.
Claude Monet, The Road to Giverny in Winter. 1885.

«Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento, vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos».

James Joyce, Los muertos (Dublineses).
 B. Anthony Stewart, National Geographic

Tercera voz
Hoy los sentidos están ebrios de primavera.
Mi capa negra es un pequeño sepelio:
Esto testimonia mi formalidad.
Llevo mis libros especializados a mi costado.
Hace poco tuve una vieja herida, pero
ya está en vías de sanar.
Yo soñaba una isla, roja de gritos.
Fue un sueño sin importancia.
Sylvia Plath, Tres mujeres.
Quint Buchholz, Never alone.

«La literatura, la literatura de verdad, no hay que deglutirla de un trago como un potingue que pueda ser bueno para el corazón o bueno para el cerebro; el cerebro ese estómago del alma. La literatura hay que aferrarla y hacerla pedazos, deshacerla, machacarla; entonces se olerá su grato olor en el hueco de la mano, se masticará y volteará sobre la lengua con deleite; entonces, y sólo entonces, se apreciará su raro sabor en la justa medida, y las partes rotas y trituradas volverán a reunirse en el espíritu y revelarán la belleza de esa unidad a la que el lector ha aportado un poco de su sangre».

Vladimir Nabokov, Curso de literatura rusa.

Lissy Elle Laricchia

«Solamente hay un éxito: poder vivir la vida a tu manera».
Christopher Morley.
Joel Robison

«Sentía por fin que empezaba a ser profesor, lo cual era simplemente ser un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o insuficiencia como persona».
John Williams, Stoner.
 Jia-Ma

«Fui siempre un milimetrista del pensamiento, escrupuloso tanto en el lenguaje que escribí, cuanto en la disposición del pensamiento que tuviera que exponer».

Fernando Pessoa, La educación del Estoico (Único manuscrito del Barón de Teive).
Teun Hock, Man at fire, 1990.

Soliloquio final del amante interior
«Luz, primera luz de la noche, como en un cuarto
En el que descansamos y, casi por nada, pensamos
Que el mundo imaginado es bien esencial.
Este es, por tanto, el más intenso rendez-vous.
Es en esta idea en la que nos recogemos,
Fuera de todas las indiferencias, en una sola cosa:
Dentro de una sola cosa, un solo chal
Que nos abriga bien, pues somos pobres, un calor,
Una luz, un poder, la milagrosa influencia.
Ahora, aquí, nos olvidamos el uno al otro y de nosotros.
Sentimos la oscuridad de un orden, una totalidad,
Un conocer, lo que arregló la cita,
Dentro de su vital circunscripción, en la mente.
Decimos: Dios y la imaginación son uno.
La candela más alta, que alta ilumina lo oscuro…
Y fuera de esta luz, de esta mente central,
Hacemos nuestra casa en el aire nocturno,
Donde estar los dos juntos es lo suficiente».
Wallace Stevens,  (traducido por Andrés Sánchez Robayna).
Me Ra Koh, Portrait of a Young Writer.

«También he reparado en otra ley de la naturaleza: cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo».

Antón Chéjov.
Carl Larsson. Model Writing Postcards, 1906.

Ante «Mujer haciendo una pizza» de Edward Hopper
«Querría comenzar este poema,
pero, lo sé, no tengo gran cosa que decir.
Porque, cómo lo diría,
todo cuanto ha de caber en él
debiera ser tan leve como tú,
mientras mezclas harina y agua para hacer una pizza,
esa manera tuya de saber que estás, que eres,
desnuda desde dentro y desde fuera,
ese estar conforme contigo y con las cosas,
con la harina y con las gambas, por ejemplo,
con la miel que dejas derramar sobre la masa,
con ese mancharte de las cosas,
con ese hacer que las cosas vivan
y sean vivas en tus dedos,
y querría escribir este poema tan desnudo como tú,
mezclando harina y agua, alcaparras, miel,
y no pedirle nada más al mundo,
sino ser consciente de mí mismo en este instante,
saber que el tiempo existe mientras escribo este poema,
que existes tú mientras mezclo todas estas cosas,
y tomar en mis manos miel y letras y harina y alcaparras
y saber que la vida, toda vida, cabe en esto,
en una mujer desnuda escribiendo un poema,
en unos dedos que nunca se cansan de ser dedos,
en la harina de estas letras torpes
manchadas de dedos y de vida».
Manuel Moya, Corazón de la serpiente.
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«Lo que la narrativa y la poesía hacen es lo que llevan dos mil años intentando hacer: influir en alguien, provocar que alguien se sienta de un modo concreto, permitirle relacionarse con ideas y personajes con los que no puede relacionarse dentro del cíngulo del intercambio verbal común».
David Foster Wallace, Conversaciones con David Foster Wallace; Stephen J. Burn (ed.).
Sunniva Trana

«Cuando un crítico describe un libro como “honesto”, uno sabe inmediatamente: a) que está lejos de ser sincero (que es sinceramente insincero), b) que está mal escrito. Pero en todo caso, la honestidad, en sentido propio ―es decir: la autenticidad―, es o debe ser, la principal preocupación de un escritor. Ningún escritor es capaz de determinar cuán buena o mala es una de sus obras; sin embargo, siempre puede saber ―quizás no de inmediato, pero sí bastante pronto― si algo que ha escrito es auténtico ―en su caligrafía―, o una falsificación».
W.H. Auden, El arte de leer.
Max Ernst, Une Semaine de Bonté, 1934.

«Un soneto me manda hacer Violante
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto;
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho».
Lope de Vega.
Emily Soto, The forest rose.

«Pero volvamos al aire y la luz de la primavera, que deberían ser los únicos protagonistas. Se trataba de una luz incomprensible. Siendo así que la adolescencia consiste en ese aire que no es posible explicarse».

Eloy Tizón, Velocidad de los jardines.
Busy by crilleb50

«Así me explicó que se trata de un contagio sutil, y me demostró cómo en cada gesto, en cada palabras, padres y madres no hacen otra cosa que transmitir un miedo. Incluso lo hay cuando aparentemente se están enseñando firmezas y soluciones, y, en definitiva, sobre todo cuando se están enseñando firmezas y soluciones; en realidad están transmitiendo un miedo, porque todo lo que ellos conocen como firme y resolutivo no es más que lo que han encontrado como remedio al miedo, y a menudo para un miedo específico, circunscrito. Por tanto, cuando las familias parecen estar enseñando la felicidad a los niños, están por el contrario infectando a los niños con un miedo. Y eso es lo que hacen a cada hora, a lo largo de un impresionante número de días, sin cejar ni un instante, en la más absoluta impunidad, con una eficacia aterradora y sin que se pueda romper de ninguna manera el círculo de las cosas». 
Alessandro Barico, La esposa joven.

Rafal Olbinski

Sombra de mí
«Bien sé yo que esta imagen
fija siempre en la mente
no eres tú, sino sombra
del amor que en mi existe
antes que el tiempo acabe.
Mi amor así visible me pareces,
por mi dotado de esa gracia misma
que me hace sufrir, llorar, desesperarme
de todo a veces, mientras otras
me levanta hasta el cielo en nuestra vida,
sintiendo las dulzuras que se guardan
sólo a los elegidos tras el mundo.
Y aunque conozco eso, luego pienso
que sin tí, sin el raro pretexto que me diste,
mi amor, que afuera está con su ternura,
allá dentro de mí hoy seguiría
dormido todavía y a la espera de alguien, que a su llamada
le hiciera al fin latir gozosamente.
Entonces te doy gracias y te digo:
Para esto vine al mundo, y a esperarte,
para vivir por ti, como tu vives
por mí, aunque no lo sepas,
por este amor tan hondo que te tengo».
Luis Cernuda, Sombra de mí.
Peter Zelei, Nude art photographer.

«La realidad, creo yo, no necesita que nadie la organice en forma de trama, es por sí misma una fascinante e interesante Central creativa. Pero hay días en que la realidad da la espalda a esa Central sin rumbo que es la vida y trata de darle un aire de novela a lo que pasa».
Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo.
Adam Pekalski

«La incompletitud de los mundos de ficción es el resultado del acto mismo de su creación. A los mundos de ficción se les dota de existencia por medio de los textos de ficción, y sería necesario un texto de longitud infinita para construir un mundo de ficción completo».

Lubomír Doležel.
Ravshaniya Azoulay

«Al llegar aquí debemos recordar que la idea de que el mundo está constituido por átomos sin peso nos sorprende porque tenemos experiencia del peso de las cosas, así como no podríamos admirar la levedad del lenguaje si no supiéramos admirar también el lenguaje dotado de peso».

Italo Calvino, Seis propuestas para el próximo milenio.
Ben Goossens

«Cuando ya esté muy débil ─y parece que esto no tardará mucho─, es posible que la más leve preocupación sea suficiente para disolverme».
Franz Kafka, Diarios.

Chris Hieronimus

«Mis años olvidados de la juventud se me representaron; cuánto me gustaban entonces aquellas noches turbias y sombrías de fines del otoño y del invierno; cuán ávido y embriagado aspiraba entonces el ambiente de soledad y melancolía, correteando hasta media noche por la naturaleza hostil y sin hojas, embutido en el gabán y bajo lluvia y tormenta, solo ya en aquella época también, pero lleno de profunda complacencia y de versos, que después en mi alcoba escribía a la luz de la vela y sentado sobre el borde de la cama».

Hermann Hesse, El lobo estepario.

Françoise Collandre

«¿Siempre visual, el cuadro? Puede ser sonoro, el marco puede ser lingual: puedo caer enamorado de una frase que se me dice: y no solamente porque me dice algo que viene a tocar mi deseo, sino a causa de su giro (de su círculo) sintáctico, que me llegará a habitar como un recuerdo».
Roland Barthes, El rapto (Fragmentos de un discurso amoroso).
Katerina Plotnikova


Un relato empezado
«Para el nacimiento de un niño el mundo nunca está preparado.
Nuestras naves no han regresado de Vinlandia.
El paso de San Gotardo está por cruzar.
Habrá que burlar la guardia del desierto de Thor
abrir camino hasta el centro de Varsovia por las alcantarillas,
buscar acceso al rey Haraldo el Pella
y esperar la caída del ministro Fouche.
Sólo en Acapulco
volveremos a empezar.
Se nos ha agotado la reserva de vendajes,
de fósforos, argumentos, prensas hidráulicas y agua.
No tenemos camiones ni el apoyo de los Ming.
Con este jamelgo no sobornaremos al sheriff.
Por ahora, sin noticias de los cautivos del Khan.
Nos urge una nueva cueva más cálida para el invierno
y alguien que conozca la lengua harari.
No sabemos quién en Nínive es de confianza,
qué condiciones propondrá el cardenal duque,
qué nombres yacen aún en el cajón de Beria.
Dicen que Carlos Martel atacará mañana.
Así las cosas, aplaquemos a Kéops,
alistémonos voluntarios,
cambiemos de religión,
finjamos ser amigos del dux
y no tener relación alguna con la tribu de Kwabe.
Se acerca la hora de encender las fogatas.
Mandemos aviso telegráfico a la abuela de Zabierzów.
Desanudemos las correas de la yurta.
Ojalá el parto sea fácil
y el niño crezca sano.
Que sea a veces feliz
y salve a saltos los abismos.
Que su corazón tenga aguante
y su mente vigile y alcance a ver lejos.
Pero no tan lejos
como para ver el futuro.
Ahorradle este don, poderes celestiales».
Wislawa Szymborska, Paisaje con grano de arena.
Max Ernst, At the first clear word. 1923.

«La palabra es un gran potentado que, con muy pequeño e imperceptible cuerpo, lleva a cabo obras divinas, ya que puede tanto calmar el miedo como quitar la pena y engendrar el gozo y acrecentar la misericordia».
Gorgias, Helena.
Quint Buchholz.

«Aunque los asuntos del mundo me llevaron pronto por derroteros inesperados y nunca he escrito nada con intención literaria hasta hoy, siempre he sido un apasionado de la lectura. Primero, lector de poesía; más tarde, de relatos, un aficionado a las formas breves. Adoro los cuentos. No simpatizo, en cambio, con las novelas porque son, como decía Barthes, una forma de muerte: convierten la vida en destino».

Enrique Vila-Matas, Mac y su contratiempo.
AquaSixio, After the rain.

«Por supuesto no había nada especial en mi llanto, era solo esa especie de honestidad privada que a veces se extiende dentro y nos emparenta a las cosas modestas en las que jamás pensamos ―al viento, a las piedras, a la extensión de un país―».

Carmen M. Cáceres, Una verdad improvisada.
Kyle Thompson

«Escribo para demostrar que, aunque creamos que podemos ser autobiográficos, en realidad contar lo que nos ha ocurrido es sólo posible si inventamos. Creemos que podemos ser creadores de una ficción radical cuando en realidad, tras la invención de la historia, está ahí siempre (por muy escondida que la imaginemos) nuestra verdadera personalidad».

Enrique Vila-Matas.
István Sándorfi.

«El empapelado rezuma tristeza, y las paredes me oprimen como el miedo. Esta oscura habitación de hotel es el centro del torbellino, en el que cualquier resistencia es inútil».
Elizabeth Smart, En Grand Central Station me senté y lloré.
Rafal Olbinski

«Lo que yo sé, cualquiera lo puede saber; pero mi corazón lo tengo yo sólo».

J.W. Goethe, El joven Werther.
Gladiola Sotomayor, Writing My Heart Out.

«Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura».
Roland Barthes, Inexpresable amor (Fragmentos de un discurso amoroso).
 Marc Chagall, Hommage au Passé. 1944.

El ladrón
«De una fueron sus miradas, de otra su sonrisa y también aquellos hoyuelos de sus mejillas que tanto le agradaban. A veces, se quedaba con un simple movimiento de un brazo o con la inclinación coqueta de la cabeza.
El ladrón de gestos buscaba aquellos rasgos que más atractivo les daba y, con ellos, se llevaba su personalidad».
                          Ricardo Reques, El ladrón. Galería de Hiperbreves. Edición del Círculo Cultural Faroni. Editorial Tusquets.
James Downie, Walking the Cliffs.

«―Todos le teníamos miedo. Teníamos que tenerlo. Pero Jean le odiaba. Quizás porque le admiraba mucho; por ser un oficial y por los libros que traía. Se metía en su cuarto oscuro y los leía cuando usted no estaba. ―Falk no respondió, sino que se acercó para oír sus palabras en medio del silbido del mar que regresaba―. Intentaba leer los libros de poesía alemana. Y aquel gordo encuadernado en amarillo. Era de un filósofo, ¿verdad? Con un nombre largo. No lo recuerdo. A Jean lo enloquecía pensar que pudiera tener libros así y atesorarlos. Quería matarle. No habría sido tan difícil. Su costumbre de volver solo desde el acantilado al anochecer. Pero no le dejaron».

George Steiner, No vuelvas (En lo profundo del mar).
Ron Hicks, A stolen kiss. 2010.

«Cuando la edad enfría la sangre y los placeres son cosa del pasado, el recuerdo más querido sigue siendo el último, y nuestra evocación más dulce, la del primer beso».

Lord Byron.
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«Un día llegó con un libro pequeño, usado, con la portada de un azul muy elegante. Lo hermoso es que había cruzado toda la ciudad para traérmelo, lo había visto en una librería de viejo, y entonces dejó todo lo que estaba haciendo para traérmelo de inmediato: hasta ese punto le parecía irresistible, y valioso. El libro tenía un título magnífico: Cómo abandonar un barco. Era un pequeño manual. Los caracteres de la portada eran nítidos, perfectos. Las ilustraciones, en el interior, estaban paginadas con infinito esmero. ¿Entiende usted que un libro semejante vale más que mucha literatura?».

Alessandro Baricco, La Esposa joven.